
DIARIO MONTAÑÉS (30-Octubre-2011)
Juan, trece años. Hoy viste unos pantalones con pernera por las rodillas, exhibe un calzoncillo de marca y calza chanclas. Su amiga, Marta, lleva una falda, alguien diría que «algo menos que un short». Se sientan. No están en la playa… Son dos alumnos de ESO que acaban de ocupar su sitio en clase. Antes de salir de casa, al menos Marta tuvo ‘conferencia’. Su madre le mostró su disconformidad con el atuendo, «impropio para ir al colegio». Discusión que hoy acabó con resignación. Perdió la madre.
Otros compañeros del aula no han tenido ese problema. «Van normales», dice la madre de Marta, que un día sí y otro también habla del tema con otras madres del colegio. A menos de quinientos metros de distancia, en otro centro educativo de Santander, la ropa es menos problema: hay uniforme y uniformidad. Un equipaje cuyo precio por curso puede costar una media de 260 euros según de la Federación de Usuarios y Consumidores Independientes (FUCI). Y a 42 kilómetros, en Los Corrales, los padres y la dirección del colegio La Salle han decidido la ‘vuelta al uniforme’ para este año, con carácter optativo. El argumento para adoptar la decisión fue doble: la economía de crisis y la comodidad.
En Cantabria el uniforme es cosa casi exclusiva de los centros privados, en su mayor parte religiosos. La práctica totalidad de ellos mantiene viva la uniformidad, distinta para chicos y chicas. Quizá la gran excepción, por el volumen del colegio, sea Los Agustinos, donde los alumnos pueden vestir ‘de calle’ pero cumpliendo unas normas «basadas en el sentido común», reflexiona un padre. En este centro, los de ‘infantil’ tienen su propio pseudouniforme: mañanas y tardes van ataviados con chándal y babi del cole.
Valdenoja, la excepción
Este curso, el nuevo centro educativo de Valdenoja, en Santander, se ha convertido en pionero. Los padres se decidieron por el uniforme, permitiendo salomónicamente a sus estudiantes vestirlo o no, para que nadie tuviera queja por una imposición. El caso de este colegio llama la atención por tratarse del primer centro público que adopta esa decisión en la región, algo que se ha vuelto corriente en otras comunidades como Madrid, Valencia, Galicia o La Rioja, en algunas de ellas con un impulso surgido del propio gobierno autonómico y en todos los casos por decisión de los consejos escolares.
Sólo por ese matiz resulta algo menos sorprendente la vuelta al uniforme, también opcional, de los alumnos de La Salle en Los Corrales de Buelna. Óscar Cordovilla, el director, considera el uniforme «como una ayuda y nunca como un impedimento»; de ahí que los responsables del centro hayan visto tan claro que «la obligatoriedad puede provocar más dificultades que ventajas».
Maite Ruiz, presidenta del AMPA, recuerda cómo al principio había quien amenazaba con sacar a los niños del colegio de implantarse el uniforme, y quien advertía de lo mismo por lo contrario. «Nadie obliga a nada. A mí, particularmente, me parece estupendo no tener que pensar qué le pongo al hijo, y es una opción que se nos da. Y, por supuesto, está la cuestión del ahorro: tienes uniforme y estás con él toda la semana. Luego está lo de quien cree que puede dar una imagen como colegio de clasista… A mí me encanta ver a los niños uniformados en el patio, y me parece mucho más fácil para localizarles y que no se te pierdan». Cordovilla va más allá: «Los problemas los creamos los adultos con nuestros prejuicios. El uniforme es una respuesta económica en un momento de crisis y de conciliación en los hogares a la hora de vestirse para acudir a clase. Otros planteamientos no tienen cabida».
Aitziber Berrioategortua preside el AMPA de La Salle en Santander, que hace cuatro años decidió uniformar a los alumnos. Maneja una razón tan práctica como para ella irrebatible para mostrarse entusiasmada con la medida: «Soy madre de familia numerosa y me resulta comodísimo. Llega el viernes y hago una colada con las chaquetas y los pantalones de colores oscuros, y otra de blancos para los polos. Con dos lavadoras he resuelto la ropa de toda la semana para los tres».
Fue el equipo directivo, tras atender la petición de varias familias, el que propuso el uniforme; se realizó un sondeo y el sí fue mayoritario. «Siempre hay alguien que protesta, pero al final han entrado todos al trapo. La única pega que se puede poner es el primer golpe que supone comprar el uniforme de arriba abajo, los recambios…».
Otro caso. El colegio Nuestra Señora de la Paz de Torrelavega implantó el uniforme hace dos años. Inició la medida con el primer curso de infantil y es progresiva. Lo pidieron los padres y rompieron una dinámina colegial de 88 años.
Los 260 euros que la mencionada FUCI estima como precio medio del equipaje se reparten así. El conjunto ‘básico’ (falda o pantalón, un par de polos, medias o calcetines y un jersey) ronda los cien euros. La cantidad aumenta si se trata de un muchacho pequeño que usa babi y se duplica en el momento de incluir la ropa deportiva. El nivel de exigencia de cada centro varía respecto a los zapatos y otros complementos en cuanto a características o marcas determinadas, que ya cargan la cifra hasta la cantidad apuntada. Por regla general, lo que antiguamente eran unas directrices más vagas han ido concretándose hasta llegar al punto de que los colegios cuentan con su propia línea de ropa, con signos tan distintivos como los colores o el escudo.
Yolanda Martínez tiene también una hija en La Salle y esgrime los poderosos argumentos del día a día, sobre todo ahora que la chica ha empezado a cursar la ESO ganándose el ‘derecho’ a vestir de paisano. «Son unas luchas constantes y empiezas a discutir desde por la mañana. Aparte del ahorro: desembolsas un dinero al principio, pero de la otra manera es un goteo constante, porque no pueden repetir el miércoles la ropa del lunes, así que son siete días de la semana y siete trajecitos». Opina además que, pese al uniforme, siempre cuentan con margen de maniobra suficiente para ‘tunearlo’.
Ese tira y afloja es algo generalizado. Andrea, hija de Andrés Rodrigo, del AMPA de las Esclavas, deja oír su opinión -«las faldas son demasiado largas y quedaban mejor las medias en blanco que en azul marino»- mientras su padre cede la palabra a su mujer, verdadera experta en el tema. «Lo principal es que no hay diferencia entre los niños, que podrán llevarlos más o menos nuevos, pero todos iguales, sin marcas ni pijoterío; para las familias es una tranquilidad. Hay una edad… Para mí, desde luego, es una maravilla».
Eso es lo que envidia Manuel García-Oliva, representante de los padres de alumnos en los Agustinos, un centro que no tiene uniforme aunque el representante de la AMPA sostiene que «una mayoría no muy holgada» de familias a favor. «Año tras año se plantea. No lo hay porque la dirección no es partidaria de implantarlo». Esa es su posición, que contrasta también con la de otros padres para quienes «el uniforme responde a una comodidad en la que hay una cierta dosis de renuncia -evitar discusiones- a educar en casa en determinados valores, también en el vestir».
Normas para vestir
A falta de indumentaria obligatoria, el pasado año el centro tiró de circular en la que explicitó «unas normas mínimas de decoro en el vestir: que las minifaldas no sean demasiado mini, evitar las transparencias o que la ropa interior no esté al aire».
A más de un alumno se le recordó la necesidad de cumplir esa norma».
García-Oliva cree que el babi y el chándal en los primeros cursos constituyen «una aceptación tácita del uniforme». «Cuando son pequeños, todos están a favor; luego, de mayores, muchas familias, por no oírles, optan por dejar que se pongan lo que quieran. Yo creo que son temas que, como el de la jornada continua, se tendrán que abordar tarde o temprano».
Los que sí abordaron la cuestión fueron los responsables del colegio El Salvador de Torrelavega. Se trata de una cooperativa de enseñanza «independiente de cualquier ideología política o religiosa», que este curso ha aceptado el establecimiento de lo que denominan «prendas comunes». Su director, José Miguel Fernández, dice que un grupo de familias planteó «por motivos de ahorro y comodidad» esa posibilidad, y que el centro, «para buscar equilibrio entre los partidarios y los que no quieren, al entender que se ajusta a otro tipo de ideología, decidió que fuese una cuestión voluntaria. Más que críticas, lo que sucede es que muchas veces la idea que se tiene del uniforme es la del pantalón y la falda de tergal, que se asocia más a colegios religiosos».
Esa ola de uniformidad no ha llegado hasta el colegio Verdemar, donde tienen muy claro que el vestuario forma también parte de la educación. Carlos Junquera, presidente de esta veterana cooperativa de enseñanza, no cree que exista motivo «para igualar a todos en un sentido visual externo». «Cada uno tiene su propia personalidad, que se puede expresar con la vestimenta. En el ideario tenemos claro lo que planteamos, el desarrollo personal a nivel individual. Con el uniforme, puede existir alguna ventaja para los padres a la hora de vestirles, pero nosotros no queremos aglutinarles en una idea de grupo y de conjunto a través de la vestimenta. Nuestra prioridad es la parte formativa y educativa». La batalla de las marcas la afrontan en las aulas. «Desde un punto de vista educativo, apoyamos la pluralidad y la diversidad. Quitamos importancia a las marcas; tratamos de no trasladar el tema al mundo del marketing, y se trabaja en clase el tema de la ropa. Que da igual, que sirve para abrigarse y que lo importante es desarrollarse personalmente, aunque resulte complicado por el bombardeo de la publicidad».
Fuente: http://www.eldiariomontanes.es/v/20111030/cantabria/uniforme-vuelve-cole-crisis-20111030.html